lunes, 1 de diciembre de 2008

¿Cuál fue mi primera experiencia de índole sexual? Uy! Es una pregunta algo difícil de responder, no por que me cueste trabajo recordarlo, pues recuerdos de esa índole hay varios; más bien, me he puesto a pensar cuál de todos fue primero. No es lo mismo "Los tres mosqueteros" que "Veinte años después..."
Uno de los primeros ocurre cuando tendría unos 5 o 6 años de edad; tenía dos amiguitos, una niña y un niño que vivían en la misma calle de mi casa y fue a ella (que ni recuerdo su nombre al día de hoy) con quien primeo comparé mi pipi con su ... no-pipi. Parecía fotografía para postal de correos: los dos niñitos imberbes, con la ropa interior a la rodilla explorándonos mutuamente, tocándonos con mucha inocencia, torpeza y curiosidad y con muchas más preguntas agolpándose en mi mente.
En la ya mencionada enciclopedia de mis padres recuerdo que vi una imagen en la que la mujer se encontraba sentada a horcajadas sobre el hombre que está semisentado/recostado sobre la cama, así que tratamos de seguir el ejemplo e imitarlos; recuerdo que no sentí nada especial, más bien algo de sofocación por tener su peso infantil encima. Al ver que no tenía mucha gracia el que ella se balanceara sobre mi pelvis (lastimando mi pipi en el proceso) mejor decidimos bajar al jugar al jardín.
Mi abuelo tenía unas revistas "sucias" donde aparecían mujeres con poca ropa y varias veces nos metíamos a escondidas a su cuarto a rebuscar debajo del colchón de la cama y ver con fascinación esas revistas. Ahí fue cuando tuve mi primera erección y mi primer deseo infantil, aunque no comprendiera lo que sucedía.
Un amigo de la escuela, esto ya cuando yo tenía ya un par de años más de edad, me enseñó un juego que él había aprendido a su vez del hermano mayor: "si te tocas el pipi asi y lo meneas asi con tu mano cerrada, de arriba para abajo, vas a sentir muy rico" me dijo. Lo intentamos, pero después de un rato que no sucediera nada, mejor desistimos para jugar a la pelota.
Este niño era mi héroe. Era el único de mis compañeros de la escuela que tenía una revista Playboy en su recámara y eso lo convertía en el "mayor" frente a todos nosotros (revista robada a su hermano, quien nunca la extrañó, pues tenía una extensa colección). Íbamos a su cuarto a ver la misma revista una y otra vez y a hojearla hasta que un día fuimos sorprendidos por su madre, que pegó tan tremendo coraje que nos prihibió volver a vernos; yo tenía miedo que fuera a decirles a mis padres, pues sabía lo sucio que ellos consideraban todo lo relacionado al sexo.
Mi primer beso fue más o menos a los 8 años, con mi prima, jugando a la "mamá" y al "papá"; cuando "llegaba" la noche todos nos íbamos a "dormir" por unos minutos, y aprovechando la oscuridad, dábamos rienda suelta a nuestra infantil y curiosa "pasion" besándonos y pasándonos una goma de mascar con la boca. Era un juego muy excitante y peligroso, ya que mis demás primitos y amiguitos de juegos estaban a pocos metros, simulando "dormir". Así jugamos hasta casi entrada la adolescencia en que ya fuimos concientes de la necesidad y en que ya no pudimos disfrazar de inocencia a esos juegos.
Yo ya, para esas fechas, conocía muy bien la forma y función del aparato reproductor femenino (y del mío propio) y cuando comenzaron a salirme los primeros bellos púbicos, lejos de asustarme, me sentí orgulloso, pues sabía que yo era el primero de todos mis amigos en tenerlos y ESO me convirtió en especial... por 3 meses, hasta que todos los demás comenzaron a crecerlos.
No sé si eso sea ser precoz; encontré el juego de la masturbación y ya más adolescentes, jugábamos a ver quien podría "disparar" más lejos; veíamos películas porno a escondidas y en general mis amigos y yo vivíamos una vida muy llena de impulsos sexuales; eso sí, nunca se nos ocurrió experimentar el uno con el otro y en cambio se nos iban las tardes hablando de las niñas que nos gustaban, fanfarroneando de cuántas de ellas habíamos besado (yo creo era de los pocos que en verdad SI había besado a una niña en realidad) y mejor me quedaba callado, pues ser el centro de atención me trajo más problemas que popularidad y como mencioné antes, siempre fui algo tímido.
Ahora que hago recapitulación de mi vida, comencé con la exploración de mi sexualidad muy temprano; fue muy autodidacta y torpe, pero mejor que muchos otros. La prueba está en que al día de hoy, soy el único (dentro de los que tengo noticia) que no ha embarazado a una chica por ignorancia y por eso ha tenido que casarse a regañadientes.
Por ahora aquí dejo el relato. En la siguiente entrega comenzaré a explorar más a detalle mis años de pre-adolescencia y pubertad, en que tuve mi primer orgasmo provocado por un factor externo (osea, sin masturbarme) y de forma accidental. El segundo y los subsecuentes han sido mucho mejores.
Y he de confesar algo: Me está costando algo de trabajo enfrentarme a mi mismo; está siendo un viaje interesante y a la vez algo inquietante; nosotros somos nuestros peores enemigos y mejores rivales de nosotros mismos, pues sabemos exáctamente dónde duele más y no podemos esconder secretos de nuestra propia conciencia. Pero agradezco mucho que hayas despertado a la bestia literaria que hasta hoy había estado aletargada; ahora solo espero tener la entereza, cabeza y madurez para domarla antes de ser dominado yo.

C

1 comentario:

Martika dijo...

Hola de nuevo Oerker:

Ay, qué sería de nosotros si no tuviéramos primos. Creo que todas las personas con las que he hablado han tenido su primera experiencia sexual con un primo, incluida yo, o si no la primera al menos alguna. Es curioso cómo todos vivimos esa etapa como si fuéramos los primeros en descubrir el sexo, y como si fueramos los únicos primos del mundo que descubren juntos. Yo lo recuerdo de manera muy especial, una etapa llena de magia y misterio. Debe ser algo que llevamos en la naturaleza. Y creo que para la mujer aún es mejor experiencia que para el hombre. Los primos, por ser familia, te respetan mucho y tienen especial cuidado en no traspasar cierto limite. Ay, que buenos recuerdos. Gracias por destapar esa caja de pandora, que es también la mía, Oerker.